Azapiedra

Despoblado de Villar del Ala, situado junto al arroyo del mismo nombre.

Ermita de San Martín, estelas funerarias en la puerta del atrio. Foto Alberto Arribas (2018)
Ermita de San Martín, estelas funerarias en la puerta del atrio. Foto Alberto Arribas (2018)

Fecha de despoblación: Desconocida

Localidad: Villar del Ala

Estado actual: Despoblado

Término municipal: Villar del Ala

Descripción

Despoblado de Villar del Ala, situado junto al arroyo del mismo nombre y en medio del monte de La Mata que ha acabado por extenderse e invadir el lugar donde estuvieron las calles y viviendas de Azapiedra.

El despoblado se encuentra situado a poco más de un kilómetro de Villar del Ala en dirección sudeste, partiendo desde el camino descendente que sale junto a la iglesia parroquial. El primer resto del pueblo que encontraremos será la ermita de san Martín, antigua parroquial de Azapiedra, y continuando el camino un poco más, accederemos al caserío del pueblo que se encuentra disperso en medio de una masa boscosa que dificulta la observación y la visita al despoblado. En las inmediaciones, a menos de dos kilómetros al este de Azapiedra, hubo otros despoblados como Cardeo (véase) y muy cerca del límite municipal pero ya en Rollamienta, Comparacoces (véase), e incluso otros posibles al sudoeste como Los Majadales (véase).

 

 

DATUM   LATITUD                    LONGITUD
ETRS89 41,909735                  – 2,555573
ETRS89 41º 54´ 35´´ N               2º 33´ 20´´ W
UTM 30    Coord. X                  Coord. Y
-284.485,05               5.147.467,76
Altitud   1.133 m.

 

 

Eleuterio Carracedo Arroyo (1) explica el topónimo desde el latín Petra (piedra, roca, peñasco). El mismo autor recoge la explicación de Rafael García de Diego (2) que lo relaciona con las formas del euskera Aza, Acha, Aizt (piedra, cantera), y la de Benito Gaya Nuño que la derivó del ibérico. Carracedo cree que el primitivo topónimo Alça pierna (1270) o Alzapierna (1350), se transformó en el actual Azapiedra.

Francisco García Berlanga (3), al tratar sobre los topónimos Pedrajas y Pedraza, afirma que son topónimos de origen vasco y que pueden derivar del latinismo Pedtra (piedra) al que se le ha añadido la palabra euskera Atxa o Atza que significa piedra. También puede ser el origen de este topónimo que constituiría una redundancia.

Más adelante volveremos a esta hipótesis euskérica pues históricamente puede tener fundamento suponerlo, como otras hipótesis sobre el origen de este lugar, y es que nada concreto conocemos de los orígenes de Azapiedra. Podemos intuir justificadamente un pasado remoto pues muy cerca de aquí se localizó el llamado “Menhir del Ala”, una estela funeraria megalítica, que según Juan Antonio Gómez-Barrera (4) es una gran piedra en forma prismática de arenisca muy dura, de más de dos metros y medio de alto, medio de ancho y de unos cuarenta centímetros de grueso, en la que aparece esculpida en relieve y muy estropeada, una figura humana figurativa que muestra lo que parece la cabeza y un cinturón con hebilla. Parece corresponder al momento histórico del Bronce final, en torno al 850 al 700 a. C. y podría ser una estela funeraria que indicase el lugar de un enterramiento.

También conocemos una ocupación celtibérica cercana, a poco más de setecientos metros al nordeste del despoblado y al otro lado del río Razón. Se trata del llamado castro de Torre Beteta que fue descubierto por Blas Taracena en el cerro La Teña, lugar donde debió existir una torre o atalaya, de la que hoy nada queda, y que se trata de un cerrete amesetado de interés estratégico defendido en tres de sus flancos por el propio río Razón y circundado por una muralla.

Desconocemos el momento de su abandono, que probablemente haya que relacionar con el del resto de castros de la serranía soriana, así como del devenir de la comarca durante los periodos romano, visigodo y árabe, pues salvo unos pocos restos y algunas leyendas que nos hablan de míticos tesoros escondidos por los moros en la sierra de la Carcaña, ninguna certeza hay.

Como suponemos que ocurrió con algunos pueblos de la comarca, Azapiedra pudo fundarse o repoblarse en el siglo X a cargo de los monarcas navarros, una posibilidad que nos la apunta también el posible origen toponímico del lugar del que hemos comentado al analizar el topónimo, pero con seguridad, la primera noticia de este lugar se documenta en el censo de 1270 cuando el lugar, entonces conocido como Alça Pierna, considerada aldea dezmera de la iglesia parroquial de Santa María de Cinco Villas, estaba habitada por tres moradores. A este momento plenomedieval podrían corresponder algunas estelas funerarias discoidales con una cruz paté que comentaremos más adelante en la fábrica de la que fue su iglesia parroquial y que pueden proceder de este despoblado, si bien conviene recordar que en pueblos próximos también las encontramos en Rollamienta, Valdeavellano de Tera y otros emplazamientos cercanos.

Construcción tradicional en Azapiedra. Foto Alberto Arribas (2018)
Construcción tradicional en Azapiedra. Foto Alberto Arribas (2018)

Posteriormente el lugar pasó a depender del Sexmo de Tera y documentarse como Alzapierna (1350), pero al poco quedaría derraygado, pues como otras muchas poblaciones de la Tierra de Soria de escasa población, acabó en manos de la oligarquía local soriana, en este caso de los Beteta, probablemente la más poderosa familia soriana durante los siglos XV y XVI. Díez y Galán (5) recuerdan que en 1526 este lugar documentado entonces como “Aldehuela de Alzapierna” acabó formando parte del mayorazgo de esa familia, y ofrecen otras cifras de población como la de 1591, cuando estaba habitado por once vecinos de los que siete eran pecheros y cuatro hidalgos, unos datos que al propio Enrique Díez Sanz (6) le llevan a estimar que su población total estaría en torno a los cincuenta habitantes.

En ese momento histórico Anastasio González Gómez (7) apunta la existencia de una fortaleza almenada propiedad del señorío de los Beteta “frente casi al despoblado Azapiedra”, en el mismo emplazamiento en el que existió el poblado celtibérico que antes comentamos. En la actualidad, de aquella torre no queda ni rastro lo que nos hace sospechar que más que una clásica torre almenada y bien consolidada como las que conocemos, por ejemplo en la cuenca del Rituerto, pudo tratarse de poco más que un sencillo refugio y punto de observación elevado que el tiempo acabó por deshacer sin dejar rastro, pues Ángel Lorenzo Celorrio (8) analizó el lugar y llegó a la conclusión de que allí no quedan restos de torre medieval alguna.

El catastro del Marqués de la Ensenada de 1752 lo califica como una población de realengo de la jurisdicción de la ciudad de Soria, que tenía una extensión total de 1.463 yugadas y estaba entonces habitada por cinco vecinos -uno de ellos el alcalde y otro maestro moledor de la aceituna en Andalucía- que disponían de diez casas, dos pajares, una dehesa de 235 yugadas, y un monte de roble de 20 yugadas de extensión. Cultivaban algo de huerta de donde obtenían berzas, y lino, pero sobre todo cereal de secano, pastos, montes y yermos. Tenían ganado ovino, vacuno caballar, cabrío, cerdos y algunas colmenas que les proporcionaban miel y cera. Buena parte de sus fincas seguían perteneciendo a las mismas poderosas familias de Soria, y en menor cantidad a algunos vecinos de Villar del Ala.

La anotación de la existencia de un maestro moledor de aceituna en Andalucía no es baladí, pues aún se recuerda que hasta algún momento impreciso que podría alargarse hasta los últimos años de existencia del lugar, algunos vecinos de Azapiedra, al igual que como los varones de otros muchos pueblos sorianos, acostumbraban a emigrar cada año a Andalucía a la recogida de la aceituna primero y a emplearse como cagarraches después.

Sebastián Miñano y Bedoya (9) lo cita como habitado por siete vecinos y treinta y cuatro habitantes.

Algunos investigadores (10) sostienen que el despoblado acabó perteneciendo al ducado de Fernán Núñez, y otros (11) apuntan las dificultades del concejo de Villar del Ala para pagar las rentas que debían pagarles a los señores. En 1843 la entonces duquesa y propietaria, doña María del Pilar Osorio y de la Cueva, permutó el pago en especie por una sola entrega en metálico. Recuerda el desconocido autor de esa anotación que cada 8 de abril las agradecidas mujeres de Villar enviaban a la duquesa nata de la que obtenían de la leche que producía esta comarca. Finalmente, dice que en 1912 se logró redimir el censo y el duque de Fernán Núñez lo permutó por diez mil pesetas.

La pertenencia de Azapiedra a unos propietarios que residían lejos del lugar podría justificar un escaso interés y querencia por mantener un poblado que, aparentemente, estaría formado por humildes viviendas propias de renteros, colonos o habitantes de carácter temporal que explotaban para otros propietarios los recursos naturales de su entorno, destacando esa enorme diferencia frente a las residencias de pueblos de la zona, por lo general mucho más nobles e incluso casi de aspecto palaciego.

Casi todas las casas de Azapiedra se encuentran hoy arruinadas más por la acción del tiempo, el abandono y las inclemencias que por el aprovechamiento de sus materiales para otras obras de la zona, pero algunos edificios en mejor estado ofrecen restos y señales que nos hacen pensar en un uso no muy lejano como pajar o establo. En todo caso resulta muy difícil acceder al interior de lo que fue el pueblo debido a que la vegetación se ha desarrollado hasta tal punto que lo ha hecho prácticamente inaccesible.

Según la relación de municipios y lugares de la provincia de Soria y población de 1858, recogida por Carmelo Romero Salvador, Carmelo García Encabo y Margarita Caballero Domínguez (12) se trata de una población con rango de “pueblo” del término municipal de Villar del Ala, habitado entonces por cuarenta y seis moradores.

Por su parte Manuel Blasco Jiménez cita Azapiedra en sus dos nomenclátores, 1880 (13) y 1909 (14), diciendo en el primero que cuenta con 148 almas y en el segundo con 150. El resto de la información es prácticamente idéntica en los dos ejemplares: se cita la población como barrio de Villar del Ala y se dice de ella que “carece de iglesia, y tiene una ermita bajo la advocación de San Andrés”. También añade una actividad laboral de la que ya hemos hablado, y es que “La única industria de sus moradores consiste en la emigración periódica con los ganados o al trabajo en los molinos de aceite en Andalucía”. Añade que no tenía escuela y que los niños caminaban el poco más un kilómetro de distancia que separa Azapiedra de Villar del Ala.

La última referencia oficial que hemos localizado de Azapiedra como lugar poblado aparece en el Censo de 1888, cuando constan treinta habitantes, once edificios de una planta y uno de dos pisos.

Quedaría deshabitado entre ese año y algún momento cercano al final del primer cuarto del siglo XX, pues el BOPSo de 14/12/1925 publica en sus pp. 3 y 4 el correspondiente anuncio de la Comisión Permanente de la Mancomunidad de los 150 pueblos de la Tierra de Soria, por la que comunicaban la cuota a pagar por cada uno de los pueblos que la conformaban en función de su número de habitantes. En el listado y sin cuota por falta de vecinos, aparecen Azapiedra, Castellanos del Campo y Castellanos de la Sierra (véanse).

Quizá experimentó alguna población de forma puntual e interesada más que real, pues el BOPSo de 21/03/1938 anuncia el amojonamiento de determinadas fincas promovido por los vecinos de Azapiedra Manuel del Campo y Roque del Río.

 

Hacia 1990, en los pueblos cercanos aún recordaban que Azapiedra fue un poblado de importancia, de no mucha población pero sí de gran extensión y que al menos aún vivían dos personas mayores nacidas en Azapiedra así como varios descendientes. Sobre las causas de su abandono no encontramos consenso, pues unos nos cuentan que sus habitantes fueron emigrando poco a poco desde mediados del XIX y que la mayor parte de sus vecinos marcharon a Argentina, Uruguay y Perú, siendo pocos los que se quedaron en la zona. Otros nos dicen lo contrario, que sí hubo mucha emigración a América pero que la mayor parte se trasladaron a Villar del Ala o a otros pueblos de la zona.

Ermita de San Martín, capilla mayor (2022). Captura vídeo de Miguel Ángel Arancón Gutiérrez en su Facebook.
Ermita de San Martín, capilla mayor (2022). Captura vídeo de Miguel Ángel Arancón Gutiérrez en su Facebook.

No se conoce causa concreta ni hay leyendas o motivos legendarios que la justifiquen pero al final, las informaciones recogidas a vecinos del Villar del Ala nos llevan a pensar que sobre todo la miseria tuvo mucho que ver, pero que el empujón definitivo lo dio la cercanía entre ambas poblaciones, las diferencias entre los recursos de una y la escasez en la otra así como la imperiosa necesidad de relacionarse socialmente, el aburrimiento… Todo ello obligó a que al final los vecinos de Azapiedra fueran desplazándose a residir a Villar o a otros emplazamientos, dejando vacío el antiguo pueblo.

Estructuralmente el barrio parecía articularse en torno a una estrecha calle central que comenzaba en la ermita y seguía el recorrido marcado por los accidentes del terreno y el arroyo Azapiedra.

Aunque cada vez quedan en pie menos edificios y los que se mantienen entrañan riesgo de derrumbe, podríamos afirmar que la edificación tipo de Azapiedra sería aquella construcción aislada o formando una agrupación de dos, que generalmente desarrolla una única planta rectangular y que aparecen construidas en piedra sin trabajar unidas en muros con argamasa de barro, si bien hemos visto algún sillar esquinero así como unas pocas piedras prismáticas bien trabajadas empleadas como jambas y dinteles de puertas y ventanas. Muchas llevan patio sereno delantero; se cierran con cubiertas a dos o cuatro aguas con teja árabe; ventanas pequeñas y sencillas carpinterías, todo sin escudos, adornos ni concesiones estéticas.

La sencillez de estas viviendas poco tiene que ver con lo que hoy conocemos como casa tradicional de Villar del Ala, por ejemplo aunque podríamos extenderlo a toda la comarca, que por lo general son edificaciones mucho más lujosas, de dos o más plantas, con muros exteriores lucidos, encalados pero dejando a la vista la sillería, en los que no es difícil observar viejos escudos heráldicos, dinteles decorados o grabados con fechas o inscripciones apotropaicas. Probablemente las viviendas de los vecinos más humildes de estos pueblos fuesen como las de Azapiedra, pero o han sucumbido y han sido sustituidas por nuevas construcciones, o bien se emplean ahora como pajares, trasteros o almacenes de aperos.

ERMITA DE SAN MARTÍN

El único edificio que subsiste todavía en buen estado es la antigua iglesia parroquial del despoblado que con permiso de Blasco (o. c.) que decía que no tenía, y que sí cita la que a continuación mencionamos, es la actual ermita de Villar del Ala dedicada a San Martín, situada a la entrada del despoblado desde Villar, algo alejada del caserío de Azapiedra, y cuya construcción estima Juan Luis de Sorondo (15) en las proximidades del siglo XIV.

Ermita de San Martín, atrio. Foto Alberto Arribas (2018)
Ermita de San Martín, atrio. Foto Alberto Arribas (2018)

Se trata de un pequeño edificio de una sola nave construida en piedra de mampostería con cubierta a dos aguas de madera y la parte del presbiterio a tres. En el lado de la epístola se abre la sencilla portada adintelada y a continuación hacia la cabecera se encuentra la sacristía de planta rectangular. La portada se protege por un sencillo pórtico de poste de madera, y por encima de ella atravesando el tejado, aparece una sencilla espadaña de sillar de un vano con campana. El espacio rectangular de la ermita se cierra con un atrio delimitado por un pretil de piedra que lleva unas estelas funerarias de época medieval.

Todo el interior está encalado y lleva un sencillo retablo mayor de estilo barroco del siglo XVIII que contiene la imagen titular de San Martín del XVI, y otro del mismo estilo y parecidas dimensiones en la cabecera del templo, lado del evangelio, que lleva también una imagen policromada de Santa Bárbara, propia del siglo XVI.

A los pies, coro alto de madera bajo el que se encuentra la antigua pila bautismal de gran piedra y traza primitiva, que indica sin lugar a dudas su antiguo pasado como edificio parroquial. Aún tiene otra pila de menores dimensiones y empleada como pila benditera, igualmente tallada en un bloque de piedra única y con signos de gran antigüedad, pero con un tamaño grande para ese fin, lo que siembra la duda de si también pudo ser antaño una pila bautismal.

Una tradición a la que no le encontramos mucho fundamento asegura que este templo fue originalmente la capilla de un monasterio anexo, y claro, como todo lo oscuro y misterioso a lo que se le quiere otorgar un matiz hermético, el monasterio solo podía ser de los templarios. De momento, que nosotros conozcamos, no han aparecido restos arqueológicos ni indicios documentales que lo avalen, y sin negar la posibilidad de que en algún momento muy antiguo haya podido existir más que un monasterio, un pequeño colegio o bailía de cualquier orden religiosa masculina o femenina, creemos que esa hipótesis “templaria” no se sostiene y que el único indicio que sospechamos que ha llevado a pensar en esa posibilidad, es la existencia de unas estelas funerarias que llevan grabado un relieve con una cruz paté, un símbolo templario sí, pero no exclusivo de estos monjes.

Como ya se ha apuntado, sobre cada una de las jambas de entrada al pórtico aparece una estela y aún hay otra más embutida en el muro de poniente, que han sido analizadas por Carlos de la Casa y Manuela Doménech (16). Su talla podría fecharse en los siglos XII-XIII, época en la que constatamos documentalmente la existencia del poblado, y aunque lo habitual es que estas piezas se encuentren cerca de su emplazamiento original no es raro que como mero adorno se trasladen de lugares a veces alejados.

Ermita de San Martín, estelas funerarias en la puerta del atrio. Foto Alberto Arribas (2018)
Ermita de San Martín, estelas funerarias en la puerta del atrio. Foto Alberto Arribas (2018)

En Villar del Ala celebran todavía la festividad de San Martín de Tours –santo al que está advocada la ermita- en sus fechas originales del 11 de noviembre y según es costumbre tradicional, esta festividad la celebraban también los vecinos de Azapiedra, que en esa jornada acostumbraban a beber vino en tazas de plata. Cuando el pueblo quedó vacío y como herencia de sus posesiones según unos, o porque a este pueblo fueron a parar los dos últimos vecinos, las tazas de plata acabaron entre los bienes comunales de los vecinos de Villar, aunque en la actualidad sólo se conserva una de ellas. Esta costumbre de que todos los vecinos tomen vino, generalmente puesto a disposición por su Ayuntamiento, en unas tazas de plata en forma de plato, es muy frecuente en la provincia y en el verano de 2016 se organizó una exposición de estas piezas con las de los pueblos del Valle del Tera.

En la actualidad la fiesta se sigue celebrando con misa, vermut, comida de hermandad así como otros elementos añadidos, como a gran luminaria que los de Villar del Ala encendían antaño por San Roque y que prudentemente, fue suspendida por el elevado riesgo de incendios que existe en época estival, y trasladada a estas fechas de noviembre, mucho más adecuadas para esas celebraciones.

Otras leyendas recogidas en Villar y relacionadas con el despoblado nos narran que en Azapiedra existe una sima subterránea, que recorriendo algo más de seis kilómetros llega hasta Espejo de Tera, y otra que se comunica con “El Castillejo” de Langosto -un castro amurallado situado a más de cuatro kilómetros- y “La Sima de Zampoña” en Espejo.

Alberto Arribas con la colaboración de Luis C. Pastor.

(1) CARRACEDO ARROYO, Eleuterio (1996): Toponimia de la Tierra de Soria. Ediciones de la Excma. Diputación Provincial de Soria. Colección Temas sorianos nº 32. Imprenta Provincial de Soria, Soria página 67.

(2) GARCÍA DE DIEGO, Rafael (1959): “Sobre Topónimos Sorianos y su Historia”. Celtiberia nº 18.

(3) GARCÍA BERLANGA, Francisco (1992): Cultura iberoeuskérica. El euskera fue la lengua primitiva de España. Edición del propio autor.

(4) GÓMEZ-BARRERA, Juan Antonio (1994): “La estela funeraria en la Prehistoria de la Península Ibérica” recogido en Actas del Vº Congreso Internacional de Estelas funerarias (Soria, 28 de abril al 1 de mayo de 1.993), Volumen I. Edición de Carlos de la Casa y Excma. Diputación Provincial de Soria, Soria, 1.994, páginas 19 y 20.

(5) DÍEZ SANZ, Enrique y GALÁN TENDERO, Víctor M. (2012): Historia de los despoblados de la Castilla Oriental. Tierra de Soria siglos XII a XIX. Ediciones de la Excma. Diputación Provincial de Soria, colección Temas Sorianos nº 56, página 301.

(6) DÍEZ SANZ, Enrique y GALÁN TENDERO, Víctor M. (2012): Historia de los despoblados de la Castilla Oriental. Tierra de Soria siglos XII a XIX. Ediciones de la Excma. Diputación Provincial de Soria, colección Temas Sorianos nº 56, página 301.

(7) GONZÁLEZ GÓMEZ, Anastasio (1931): La región de “el Valle”. Publicaciones de la Sociedad Económica Numantina de Amigos del País, Imprenta de E. Las Heras, Soria.

(8) LORENZO CELORRIO, Ángel (2004): Compendio de los Castillos medievales de la provincia de Soria. Edita la Excma. Diputación Provincial de Soria, Colección Temas Sorianos nº 44, Soria, página 493.

(9) MIÑANO Y BEDOYA, Sebastián (1826-1829): Diccionario geográfico-estadístico de Soria. 1826-1829. Edición de Silvano Andrés de la Morena, Soria Edita, Soria 2004, página 40.

(10) https://cordobapedia.wikanda.es/wiki/Gregorio_Garc%C3%ADa_Garc%C3%ADa consultada el 12/07/2022.

(11) https://brujulea.net/lugares-villar_del_ala consultada el 12/07/2022.

(12) ROMERO SALVADOR, Carmelo, GARCÍA ENCABO, Carmelo y CABALLERO DOMÍNGUEZ, Margarita (1985): La provincia de Soria entre la reacción y la revolución (1833-1843). Ediciones de la Excma. Diputación Provincial de Soria, colección Temas Sorianos nº 10, Soria, páginas 215 a 232.

(13) BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1880). Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. Imprenta y Librería de la Infancia.

(14) BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1909): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja.

(15) SORONDO, Juan Luis de (1997): Censo de ermitas de Soria. Ediciones de la Excma. Diputación Provincial de Soria. Colección Temas sorianos nº 35. Imp. Diputación Provincial de Soria.

(16)  CASA MARTÍNEZ, Carlos de la; DOMÉNECH ESTEBAN, Manuela (1983): Estelas medievales de la provincia de Soria. Publicaciones de la Excma. Diputación provincial de Soria, colección Temas Sorianos nº 6, pp 49-51.