Despoblado moderno del municipio de Santa Cruz de Yanguas localizado en un alto amesetado denominado Cerro del Cornejón.
Despoblado moderno del municipio de Santa Cruz de Yanguas localizado en un alto amesetado denominado Cerro del Cornejón. Buena parte de sus edificios están arruinados pero aproximadamente una decena de ellos se mantiene en buen estado y han sido rehabilitados, al igual que algunas calles que se encuentran transitables y cuentan con alumbrado público, bancos, algún cartel informativo con el nombre de la calle, además de una fuente de agua potable en la plaza, pero no tiene agua canalizada ni servicio de residuales, lo que no quita para que algunos hijos y descendientes acudan regularmente y lo habiten en periodo vacacional y fines de semana.
Se encuentra a poco más de un kilómetro al este de Santa Cruz de Yanguas y a 2,3 kilómetros por la carretera SO-P-1103, saliendo en dirección a Villar del Río. A la altura del pk. 20,565 de esta carretera y siguiendo los carteles indicativos, sale en dirección sur una pista en buen estado que resulta adecuada para su tránsito por turismos, y que rodea los cerros del Cornejón, sobre el que se asienta Valdecantos, además del inmediato Cerro del Corvejón, y que de seguirlo llegaría hasta Santa Cruz, pero sin culminar esa ruta circular y tras recorrerlo poco más de cien metros, tendremos que tomar otro cruce a nuestra derecha que después de un recorrido de 350 metros y tras haber pasado por una ermita recientemente rehabilitada, la del Santo Cristo, llega hasta a Valdecantos.
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DATUM |
LATITUD LONGITUD |
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ETRS89 |
42,060044 -2,433788 |
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ETRS89 |
42º 03´ 36´´ N 2º 26´ 02´´ W |
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UTM 30 |
Coord. X Coord. Y |
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-270.928,07 5.169.978,03 |
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Altitud |
1.257 m. |
Sin analizar este en concreto, Eleuterio Carracedo Arroyo (1) ha analizado en su trabajo varios topónimos semejantes y considera que los topónimos que llevan el prefijo Val-, suelen indicar la existencia de un valle, y que unido a un sustantivo, en este caso –cantos, que probablemente con su acepción de “canto”, “piedra”, deriva del la raíz celta o prerromana “kanto-/canto” (borde, piedra pequeña), evolucionando al latín cantus pero distinta del latín petrus (piedra), el topónimo significaría “valle de cantos o piedras pequeñas”. De una forma parecida opina Pancracio Celdrán, citado por José Antonio Pérez-Rioja (2), para quien el topónimo es la forma apocopada en “val” del latín “vallis”, a la que se le añadió la voz prerromana, latinizada, “cantus” (peñasco), por lo que significaría “valle del peñasco”.
Esa condición no se cumple estrictamente en este caso, pues Valdecantos no se encuentra en un valle sino en lo alto del Cerro del Cornejón, si bien es cierto que está rodeado de varios arroyos y que a mediodía discurre por su valle el río Baos, donde sí podemos encontrar ese tipo de piedra que llamamos cantos.
Rafael García de Diego (3) planteó otra posibilidad y supuso que el prefijo Can- indicaría procedencia de un antiguo clan o tribu prerromana.
Estas hipótesis toponímicas no resultan descabelladas y podrían tener fundamento histórico, pues en toda la comarca de Tierras Altas han aparecido restos arqueológicos que indican una presencia humana desde antiguo, tanto de época prerromana como romana.
En los alrededores de Valdecantos se ha descubierto algún yacimiento de icnitas tan común en la zona, pero en cuanto a la historia humana se refiere, en el propio despoblado y en sus inmediaciones no se hayan localizado hallazgos significativos. Eduardo Alfaro Peña (4) recuerda que en el entorno a la ermita del Santo Cristo, y considerados como hallazgos arqueológicos aislados, han aparecido lascas de sílex y cerámicas celtibéricas que habría que poner en relación con el cercano yacimiento El Castillo de La Laguna, visible y localizado a un kilómetro al este, al que Alfaro considera el oppidum (capital) del alto Cidacos en tiempos de la conquista romana.
Muy cerca de Valdecantos y quizá relacionado de alguna forma con este lugar, el propio Eduardo Alfaro ha investigado la presencia de otro despoblado llamado Los Casares –véase- donde el investigador ha encontrado restos arqueológicos que le hacen suponer la existencia de un poblado cuyos orígenes parecen surgir en los primeros momentos de la Edad Media, e incluso lo relaciona con la transición entre el mundo antiguo y el medieval. Recoge que perduró durante el medievo y que se extendió “no sabemos en qué condiciones”, durante un periodo indeterminado de la Edad Moderna.
Como veremos después, la parroquia de Valdecantos tuvo una pila bautismal románica cuya talla se estima en el siglo XII, y que indicaría un momento histórico en el que este poblado pudo estar ya constituido en núcleo de población independiente con su propia parroquia. Sin embargo y aunque hoy el análisis de ese edificio resulte complicado por su pésimo estado y por la vegetación que ha crecido en su interior, aparentemente no parece corresponder a ese periodo, si bien es cierto que no puede descartarse ese origen y que después pudo ser reconstruido, pero también, que aquella pila bautismal pudo ser trasladada de alguno de los despoblados cercanos como el ya citado de Los Casares, u otros de carácter más o menos legendario que, suponemos, pudo haber en sus inmediaciones.
En cualquier caso, no resulta descabellado suponer la existencia de Valdecantos en esa centuria pues en la comarca sí tenemos constancia de otros poblamientos desde un par de siglos antes. Ello, al menos, nos permite creer que Valdecantos pudo fundarse en algún impreciso momento de época medieval. Gonzalo Martínez Díez (5) certifica la existencia de Valdecantos en ese periodo y recoge su pertenencia a la Comunidad de Villa y Tierra de Yanguas.
Nosotros no hemos podido localizar noticias tan antiguas y las primeras referencias sobre este lugar aparecen en el censo de 1591, pero simplemente como una población integrada en esa demarcación territorial, sin indicar su número de vecinos.
El 15 de julio de 1752 se redactó la correspondiente ficha del Catastro de Ensenada correspondiente al lugar de “Baldecantos”, que era entonces una aldea de la jurisdicción de la villa de Yanguas, del señorío del Conde de Aguilar y Señor de Los Cameros, entonces habitado por veintiún vecinos y medio, “en que entran el señor cura, pobres y viudas, contando dos de estas por un vecino”, que habitaban en alguno de sus edificios, “veinte y una casas avitables y una inavitable”. De la profesión de sus habitantes seis eran labradores, tres pastores temporeros, un tejedor, un sastre, un herrero y once ganaderos. Sus recursos eran el cultivo de tierras donde recogían trigo, avena y cebada, hierba de los prados, hortalizas y berzas. Disponían de robles en su dehesa así como algunos sauces, pero no tenían frutales. También había praderas que empleaban como pastos para sus rebaños ovinos churros y merinos trashumantes. Además, criaban cerdos y pollos, tenían vacas, mulos y animales de tiro, pero no disponían de colmenas. Tampoco había hospitales ni tienda, pero sí una taberna.
Probablemente, el apogeo demográfico de Valdecantos aconteció en 1824 cuando se registran 103 personas, una cifra oficial que se registra en el censo de ese año pero que parece un tanto elevada.
Hacia 1850, Pascual Madoz recoge de Valdecantos que era una aldea dependiente del ayuntamiento de Villartoso, entonces formado por nueve casas y otros tantos vecinos, habitado por cuarenta almas, cuyos recursos económicos no diferían mucho de los citados un siglo antes, pues recoge que producían “trigo común, centeno, cebada, avena, algunas legumbres y yerbas de pasto, con las que se mantiene ganado lanar y las yuntas necesarias para la agricultura”.
En ese tercer cuarto de siglo experimentaría un importante crecimiento poblacional, pues informa Manuel Blasco que en 1880 (6) tenía 70 habitantes, población que mantenía en 1909 (7) y que fue decreciendo. En 1930 residían 48 personas, 17 en 1950, 11 en 1960 y 3 en 1970.
Observamos que de una forma muy similar a lo que aconteció en el resto de la provincia, en la segunda mitad del siglo XX y especialmente entre las décadas de 1960 y 1970, debido a las mismas causas que hemos visto en toda la provincia, sus vecinos fueron emigrando y marcharon en su mayor parte a pueblos cercanos de La Rioja sobre todo, pero también acabaron algunos en Navarra y Zaragoza.
Valdecantos se mantuvo habitado más o menos hasta 1990, y aunque durante algún año constó algún vecino empadronado, como en 1996 cuando Esteban Valtueña Jiménez (8) recogía un vecino censado, en la práctica ya hacía algún tiempo que no residía nadie de forma habitual.
A lo largo de toda su historia y hasta mediados del siglo XX, Valdecantos, y buena parte del norte de la provincia de Soria, perteneció al obispado de Calahorra hasta que en 1956 pasó a pertenecer a la nueva diócesis de Osma-Soria cuyos límites coincidían con los provinciales. En la actualidad y pese a la despoblación y ruina del templo, Valdecantos pertenece al arciprestazgo de Tierras Altas, Unidad de Atención Pastoral de San Pedro Manrique cuyo párroco ejerce en toda la comarca, y ha celebrado alguna fiesta con eucaristía al aire libre.
A diferencia de otros pueblos de Tierras Altas, ni Valdecantos, ni su cabecera Santa Cruz de Yanguas, fueron incluidos en aquellos planes gubernamentales que a finales de la década de 1960 pretendieron agrupar varios pueblos de la comarca en dos o tres para asentar población, pero que acabaron por producir el efecto contrario, llevando a despoblar buena parte de la zona oriental de la comarca al retirar a sus habitantes los métodos de subsistencia habituales. Sin embargo y aunque en esta zona occidental de Tierras Altas, con Santa Cruz como epicentro, no haya tantos despoblados, sigue siendo un desierto demográfico con muchos núcleos poblacionales escasamente habitados y algunos como Valdecantos, despoblados, lo que nos lleva a pensar que aunque aquellos planes supusieron la puntilla para muchos pueblos y aldeas de la zona de San Pedro Manrique, no podemos responsabilizarles de toda la culpa de la despoblación de las Tierras Altas sorianas.
También y a diferencia de otros despoblados, sus hijos y descendientes han sabido mantener la ilusión por su pueblo y regresan en fines de semana o épocas estivales, para lo que han arreglado algunas viviendas, acuden con frecuencia y tratan de mantener vivas algunas tradiciones.
El templo se encuentra en las eras, aislado y retirado a unos cien metros de la última casa, al sudoeste del caserío.
Este edificio lleva muchos años arruinado, al menos así lo conocimos en 1995, con su cubierta colapsada hacia el interior de la nave, haciéndolo totalmente inaccesible. Otras dependencias como la sacristía o una capilla también se arruinaron, y mantiene la entrada cubierta con un sencillo pórtico que hemos conocido en pie a finales del siglo pasado pero que hoy se encuentra arruinado. A sus pies mantiene la espadaña de dos vanos ocupados con campanas, y debajo el cementerio, bien atendido y con flores que llevan sus descendientes.
Es, como el resto de edificios del lugar, una humilde construcción levantada con muros de mampostería cogida con barro, pero que a diferencia de muchas construcciones antiguas, para retrasar su deterioro, han rejuntado con mortero de cal la piedra de los paramentos verticales de los muros, y también los horizontales, en su parte superior, que aparece cubierto con mortero de cemento a modo de albardilla.

Por la observación externa podemos constatar que la iglesia tiene una nave de planta rectangular, capilla mayor cuadrangular con la misma anchura que la nave, testero plano, orientación canónica, puerta abierta a mediodía, que estuvo protegida por un sencillo pórtico, espadaña, cementerio a los pies, y dos construcciones anexas a ambos lados que debieron corresponder a una capilla y a la sacristía. El acceso al interior apenas permite avanzar poco más allá de la puerta, pero deja ver paredes de piedra que conservan restos de su lucido y algunos adornos en yeso, un arco de medio punto en piedra y ladrillo a punto de desmoronarse que parece corresponder al de acceso a una capilla, así como el arco triunfal de medio punto dovelado. El acceso al templo se abre al sur, como es habitual. Se trata de un simple arco de medio punto dovelado con el intradós cubierto de mortero de cal y protegido por un sencillo pórtico de cubierta a un agua que ya se ha desmoronado.
La iglesia parroquial dispuso de una talla de San Juan Bautista que se conserva y que fue restaurada en 2014 gracias a la iniciativa de algunos descendientes del pueblo. Eduardo Alfaro (9) supone que conforme a la iconografía tradicional, esta imagen debería llevar una cruz y un cordero que se han perdido.
Como avanzábamos unas líneas más arriba, las dificultades de acceso al interior y la pobreza de la fábrica no permiten realizar un análisis detallado que permita corroborarlo o desmentirlo, pero aparentemente no parece que nos encontremos ante un edificio que responda a los cánones del estilo románico, lo que no quiere decir que no lo sea parcialmente y que haya podido ser reconstruido en siglos posteriores.
El comentario se justifica pues de aquí procede una pila bautismal de estilo románico, con forma de gran copa y labrada con decoración de arquillos, que es la que en la actualidad sigue teniendo uso sacramental en la iglesia de san Martín, templo parroquial de San Pedro Manrique, a donde fue trasladada hace ya varios años ante el riesgo de que sucumbiese bajo los escombros o de que fuese saqueada al quedar pocos vecinos.
La procedencia de esa pila es, con seguridad, de Valdecantos, donde pudo dar servicio en los últimos siglos, pero a falta de analizar libros parroquiales y documentos que obrarán en los archivos episcopales de El Burgo de Osma o Calahorra, no puede asegurarse que originalmente fuese tallada para esta parroquia, pues aunque con esfuerzo, grúas y vehículos a motor se trasladó hasta San Pedro Manrique no hace muchos años, igualmente con esfuerzo, palancas y carros de bueyes, pudo traerse hasta aquí desde algún lugar no conocido.
Se trata de una interesante pieza que describe José Manuel Rodríguez Montañés (10):
“En el baptisterio del que forma parte la portada se conserva un bello ejemplar de pila bautismal en caliza, procedente de la derruida iglesia de Valdecantos, abandonada localidad
cercana a Santa Cruz de Yanguas. Su copa tiene forma semiesférica, de 88 cm de diámetro × 49 cm de altura. Decora su embocadura con un simple listel y el frente recibe una sucesión de arcos netamente ultrasemicirculares tallados a bisel. Sólo en uno de los arcos, y lamentablemente fracturada, aparece una figurilla humana sumamente tosca, en posición lateral y arrodillada. El carácter arcaizante de los arcos de herradura, inspirados por el arte mozárabe o el califal, que podría llevar esta pieza a fechas tempranas, creemos que es sólo un eco tardío ya dentro del siglo XII, como sucede con las pilas conquenses de Henche y Valdemeca”.

Eduardo Alfaro (11) también apunta la posibilidad de que esta pieza sea anterior a la propia iglesia de Valdecantos y la relaciona, hipotéticamente, con la ermita de Santa María que analizaremos un poco más abajo. Destaca que se trata de un notable ejemplar del arte románico serrano realizado en piedra caliza:
“rodeada en todo su frente por una sucesión de arcos de herradura en relieve. En el interior de uno de los arcos tiene grabada, también el relieve, una figura humana. El cuerpo aparece de perfil, aparentemente en situación de correr o, tal vez, arrodillado. La cabeza está muy deteriorada, parece que de frente y luciendo una enorme sonrisa. Por el carácter arcaizante de los arcos (mozárabe y califal) parece ser de un románico muy temprano, quizás del siglo XII”.
En la espadaña lleva dos campanas también analizadas por Alfaro (o.c. 2015), donde recoge que una de ellas es del taller de Pedro Menezo, una familia cántabra de fundidores campaneros en el siglo XVIII, y que la otra fue fundida por un artesano llamado Palacios. Ambas llevan como decoración una cruz en la parte exterior de la zona media, y la otra lleva además una medalla de San Benito, “que en su reverso y de cara al interior desarrolla un texto epigráfico donde remite al santo patriarca (CSPB: crux sancti patris benedicti) y entre otras iniciales incluye las de advocaciones protectoras contra el mal, Satanás, coronando todo ello con la palabra PAX (paz). En el hombro de la campana se grabó en relieve una advocación muy repetida, la de la Sagrada Familia”.

Al nordeste del pueblo, a unos 150 metros desde el caserío por la entrada desde Santa Cruz de Yanguas y junto al camino, nos encontramos con una sencilla construcción que corresponde a la ermita del Santo Cristo, un edificio de carácter religioso que hoy es, sin duda, uno de los mejores conservados de Valdecantos, y que además de sus valores religiosos, la ermita representa simbólicamente un atisbo de esperanza sobre la conservación del patrimonio rural pues, como veremos, estando arruinada y a punto de desaparecer, la iniciativa de los descendientes del pueblo unido al entusiasmo de algunos amantes de la cultura popular lograron recuperar sus ruinas y evitar su desaparición.
La ermita corresponde a una tipología muy común de los pueblos de la comarca, una construcción sencilla, ubicada a las afueras del pueblo, dedicadas a la Virgen de la Soledad, Humilladero o a un cristo yacente, que solía ser destino de los vía crucis y celebraciones de Semana Santa, cuyas características arquitectónicas solían repetirse con un patrón muy parecido cuando se levantaron todas ellas, generalmente entre los siglos XVII y XVIII.

Esta del Santo Cristo de Valdecantos es un templo de planta cuadrada construido en piedra de la zona con muros de mampostería y algún sillarejo para las esquinas o ladrillos en vano. Consta de dos partes, la capilla propiamente dicha, de reducidas dimensiones y acceso a través de dos sencillas puertas gemelas en arco de medio punto, y el pórtico. En el muro presbiterial, sobre el lugar donde se ubicaba el altar de piedra, lleva una hornacina dotada de peana en el que iría colocada la imagen titular. El conjunto se completa con un sencillo pórtico de altura ligeramente inferior a la de los muros de la nave e interior revocado, que protege el acceso y a los posibles vecinos que precisasen protegerse de las inclemencias climáticas, para cuyo reposo se colocaron poyos de piedra laterales. El acceso a este pórtico se hace a través de arco rebajado con irregulares piedras formando dovelas.
Todo el conjunto se cubre por un sencillo tejado de teja árabe a cuatro aguas en cuyo vértice, probablemente, hubo una pequeña cruz de hierro que hoy no lleva. Carece de espadaña, contrafuertes o elementos decorativos superfluos. Su orientación, desde la entrada a la cabecera, corresponde al eje sudeste-noroeste.
La ermita, abandonada, hundida y sin culto, permaneció muchos años arruinada, con su arco de entrada apuntalado y su interior caído, siendo uno más de los muchos ejemplos del patrimonio histórico de carácter colectivo que se abandona y deja caer por falta de atención. Esta situación se mantuvo hasta algún impreciso momento, quizá hacia 2019, cuando a iniciativa de los descendientes y del Ayuntamiento de Santa Cruz de Yanguas, pudo recuperarse este templo para que, si no como destino de vía crucis y procesiones penitenciales, siga siendo ejemplo del orgullo y empeño que se puede lograr con poco dinero pero con mucho cariño por la tierra y un poco de trabajo comunitario.
Desconocida ermita únicamente documentada por la tradición popular, que fue recogida por Eduardo Alfaro Peña (o.c. 2011) y localizada en la linde entre Valdecantos y La Laguna, que se cree pudo ser originalmente la iglesia parroquial de un despoblado cercano llamado Los Casares (véase).
Dice Alfaro Peña que su titularidad era compartida entre ambos pueblos hasta que un año “no sin cierta picaresca por parte de los vecinos de La Laguna, quedó definitivamente fijada la pertenencia a ésta”, permaneciendo al final como posesión de los segundos.
Como mera hipótesis, al hablar de la parroquia de Valdecantos recogíamos la posibilidad de que fue su pila bautismal, hoy en San Pedro Manrique, pudiera proceder de este templo, una posibilidad viable pero todavía sin demostrar.
Valdecantos es un ejemplo paradigmático de la arquitectura local típica de Tierras Altas de Soria, cuyas construcciones se caracterizan por levantar edificios con la típica losa de la zona, una piedra que desarrolla una forma geométricamente prismática que facilita su uso en construcción, a menudo en seco, pero que permite levantar gruesos muros de mampostería sin mortero y si acaso con barro. En los edificios del despoblado sólo observamos morteros de cal o cemento para lucir más que de rejuntar, en las fachadas de los que parecen más modernos o que aún tienen uso, o en algún otro que ya no se emplea, cuya ruina se intenta retrasar, todo construido en torno a una estructura de madera que permite levantar edificios de planta baja -sobre todo los destinados a tareas agrícolas, ganaderas o empleadas como almacenes- o con baja, primera y cámara bajo cubierta, fórmula empleada para los destinados a uso residencial.
Llevan un sencillo alero de teja árabe que es la prolongación de las cubiertas a dos y cuatro aguas. No hemos encontrado fachadas con elementos decorativos superfluos o componentes prescindibles y si acaso, algún poyo adosado. Tampoco hemos encontrado dinteles de piedra y sí sólidos cargaderos de madera de roble que acaban vencidos por la humedad más que por el peso o los siglos. Algunas viviendas de reciente factura llevan grabadas, en el revoque de cemento empleado en la fachada o umbral, algunas fechas que evocan una reciente rehabilitación, así como placas o azulejos industriales de factura reciente que dan nombre propio a una calle o refugio.
En las fachadas encontramos ventanas, escasas y pequeñas en edificios antiguos, pero en mayor número y de mayores dimensiones en edificios residenciales que parecen de factura más reciente. Según un valdecantoseño residente en Arnedo, esta peculiaridad surgió cuando comenzaron a emplearse puertas y ventanas de buena factura o elaboradas de forma industrial que permiten un mejor cierre y aislamiento, pues las originales de los edificios antiguos con esos elementos tradicionales hechas por algún carpintero local, nunca acababan de ajustar adecuadamente ni llevaban vidrios, por lo que se evitaba el frío de las viviendas reduciendo esas aperturas al mínimo.

Los edificios arruinados permiten observar desde afuera su interior, y generalmente corresponden a una planta baja con muros de piedra sin lucir y pesebres, que nos indican su uso como cuadra o establo, y otros destinados a uso residencial, caracterizados por disponer de una planta superior, y paredes lucidas de yeso. Llevan toscas carpinterías de madera talladas de forma rústica, y aunque no hemos podido identificarlas, tendrían que tener una dependencia destinada a cocina con hogar y un posible horno.
La fuente se encuentra en la plaza del pueblo y sigue ofreciendo un buen caudal de agua fresca, sin tratar y sin las garantías sanitarias que harían recomendarla como potable, pero con buen gusto y calidad.
Se trata de una construcción de planta cuadrangular, realizada en piedra de mampostería en una fecha posterior a 2014. Lleva adosada una pequeña pila por la que cae el agua y sustituyó a una fuente anterior, provista de pilón y dos caños.
Esta fuente primitiva fue levantada gracias al esfuerzo de los hijos de Valdecantos. Entre ellos destacó don Juan Lozano, natural del pueblo y residente en Madrid, quien donó los dos caños de bronce. La inauguración tuvo lugar durante el verano y se celebró con gran solemnidad, según recoge la crónica publicada en El Avisador Numantino los días 12 y 23 de julio de 1930, siendo alcalde don Alejandro Alfaro.

Con motivo de aquella inauguración, Alfaro Peña rememora una vez más (12) la pequeña historia de este lugar y recoge un poema compuesto para aquel acto, unos sencillos ripios cuyo interés es eminentemente sociológico, pues más que por su contenido artístico o documental, nos interesa reconocer el gran valor que hace un siglo, nuestros padres o abuelos le otorgaban a situaciones que hoy ni valoramos, como tener agua potable a menos de cien metros de nuestra casa: “…son reflejos del progreso que con mucho retraso llegaba a estos rincones y que eran recibidos con la alegría propia de la liberación de un gran sacrificio. No es en vano, antes de llegar la fuente a la plaza de Valdecantos ésta estaba a unos 300 metros de la casa más cercana, en el fondo de la vaguada que tiene el pueblo por el noroeste, hoy manantial (casi) olvidado y al que aún algunos se acercan en busca de berros”.
La fuente dio servicio a los vecinos y sus animales durante muchos años, pero cuando la conocimos hacia 1995, ya se encontraba en mal estado, agrietada, con añadidos y reparaciones que desvirtuaban la obra original.
A las afueras del pueblo, hoy seco pero que se alimentaría con una surgencia que probablemente corresponda al sobrante de la fuente, perdura abandonado y en mal estado, el que fue el lavadero de Valdecantos, una sencillísima estancia rectangular, que con un muro en forma de “L”, un pilar de piedra y un poste de madera, sustenta una cubierta de teja a un agua que lo protege de las inclemencias climatológicas. Lleva canalizaciones hace mucho tiempo inutilizadas y una única pila de lavar dotada de una superficie de cemento donde restregar, junto a una pila exterior de mayores proporciones, casi un estanque, que sería la pila de enjaguar.
En la plaza perdura en mal estado un edificio de planta baja y primera del que nos dijeron fue la casa concejo. Tiene dos plantas, la inferior contiene una estructura para hacer fuego que recuerda a una fragua pese a que carece de sus elementos característicos. A la planta superior se accede por la calle a través de una rampa de piedra y cuenta con un espacio en mal estado, que fue propiamente la casa concejo. Un descendiente nos informó de que antiguamente también fue escuela, pero que dejó de serlo y los niños acudían a la de Santa Cruz, una afirmación que coincide con la recogida por Faustino Calderón (13).

Como buena parte de las comunidades rurales de carácter agrícola, y según nos informó un descendiente, los vecinos de Valdecantos celebraban una romería en honor de San Isidro a la que también acudían los de Santa Cruz de Yanguas y Villartoso, con romería a la ermita de El Santo en Santa Cruz, desde donde se bendecían los campos de todo el término.
Faustino Calderón (o.c.) afirma que ese día se realizaba una pequeña fiesta a la que acudían los habitantes de La Laguna. Ese día se hacía una procesión desde la iglesia hasta la ermita de El Cristo, en ella se oficiaba la Santa Misa y se volvía en procesión hasta la iglesia de San Juan Bautista.
Los valdecantoseños celebraban fiestas en honor del santo titular de su parroquia, y las han seguido celebrando muchos años después, con o sin presencia de público, con celebración eucarística, procesión, comida fraternal o con un simple repiqueteo de las campanas.
Lo ha recogido Eduardo Alfaro en los trabajos ya citados y en alguno más (14), en los que recuerda que aunque allí ya no viva nadie, sus descendientes siguen reuniéndose para celebrar esa fiesta. La imagen titular, afirma, fue restaurada en 2014.
Faustino Calderón (o.c.) ha recogido el testimonio de antiguos habitantes que recuerdan que en la noche de San Juan encendían una hoguera en la plaza, enramaban las casas de las mozas casaderas y les cantaban coplas. Al día siguiente celebraban una procesión por el pueblo seguida de misa, hacían rondas a modo de gallofa, recorriendo las casas del pueblo donde les obsequiaban con anís, rosquillas y a veces algo de dinero. En esa jornada también plantaban un mayo en la plaza, colocando en lo alto algún premio, generalmente rosquillas que conseguía el mozo que lograba recuperarlas, un juego complicado pues el tronco estaba impregnado de alguna sustancia resbaladiza. En esa jornada era habitual comer cordero y tomar la “cocha”, una bebida elaborada para las fiestas parecida al zurracapote, y bailaban en la plaza al son de los gaiteros de Diustes.
Según recoge el Catastro del Marqués de la Ensenada y el diccionario geográfico-estadístico de Pascual Madoz, basaban su economía a mediados del siglo XVIII y del XIX, en la explotación de los recursos naturales, concretamente en la agricultura y en la ganadería, y aunque apenas haya información al respecto, seguro que no erramos al pensar que a lo largo de toda la historia de Valdecantos, esos han sido los principales medios de subsistencia de sus vecinos, y que alterar esos elementos de producción fue la principal causa de la despoblación. Las fincas siguen cultivándose con cereal pero ya de una forma y con unos recursos humanos que nada tienen que ver con los tradicionales, y aunque en la última visita cursada en 2025 no se encontraron indicios, parece que hasta hace pocos años el pastoreo de ganado ovino ha sido el único recurso explotado en Valdecantos.
Faustino Calderón recoge que la electricidad llegó en 1957 y que el cura, el practicante y el cartero venían de Santa Cruz, pero el médico acudía desde Villar del Río. A la tienda de Santa Cruz se desplazaban para abastecerse de productos básicos, a moler el grano a su molino o a buscar diversión los domingos por la tarde.
Consta la existencia de un molino llamado de Los Llanos, que no hemos podido localizar. Riegan el lugar el río Baos, el arroyo Valdehondo y varias fuentes y manantiales, como la que brota en el propio pueblo.
A modo de curiosidad y sin que sepamos si guarda relación con el despoblado, el 4 de noviembre de 1924 se estrenó en el Teatro Novedades de Madrid la zarzuela en dos actos titulada El molino de la viuda, que con texto de Manuel Fernández de la Puente y música de Francisco Alonso, desarrolla su escena en el lugar de Valdecantos, aldea de Soria.
Alberto Arribas con la colaboración de Luis C. Pastor
(1) CARRACEDO ARROYO, Eleuterio (1996): Toponimia de la Tierra de Soria. Ediciones de la Excma. Diputación Provincial de Soria. Colección Temas sorianos nº 32. Imprenta Provincial de Soria, Soria, página 76.
(2) PÉREZ RIOJA, José Antonio (2005): El alma de Soria en el lenguaje. Colección Temas Sorianos nº 50. Edita Excma. Diputación Provincial de Soria, Soria, página 422.
(3) GARCÍA DE DIEGO, Rafael (1959): “Sobre Topónimos Sorianos y su Historia”. Celtiberia nº 18, pp 171-193.
(4) ALFARO PEÑA, Eduardo (22/01/2010): Ermitas en el Baos: El Cristo, en https://idoubeda.blogspot.com/2010/01/ermitas-en-el-baos-el-cristo.html
(5) MARTÍNEZ DÍEZ, Gonzalo (1983): Las Comunidades de Villa y Tierra de la Extremadura castellana (Editora Nacional, Madrid).
(6) BLASCO JIMÉNEZ, Manuel (1880): Nomenclátor histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria, 1ª edición, Soria. Imprenta y Librería de la Infancia, página 655.
(7) BLASCO JIMÉNEZ, Manuel ((1909): Nomenclátor. IIª edición, Soria. Ed. Tipografía de Pascual P. Rioja, página 572.
(8) VALTUEÑA JIMÉNEZ, Esteban (2008): “Nomenclátor de todas las entidades de población de la provincia de Soria. Censo de Población de los años 1880, 1920, 1940, 1960, 1966 y 2007”. Revista de Soria IIª época nº 62, página 56.
(9) ALFARO PEÑA, Eduardo (2014): El San Juan Bautista de Valdecantos (Soria) y un canto a su (des)población, entrada en su blog https://idoubeda.wordpress.com/2014/10/03/el-san-juan-bautista-de-valdecantos-soria-y-un-canto-a-su-despoblacion/
(10) RODRÍGUEZ MONTAÑÉS, José Manuel (2002): Enciclopedia del Románico en Castilla y León, volumen III. Fundación Santa María del Real, Centro de Estudios del Románico, página 887.
(11) ALFARO PEÑA, Eduardo (2015): Las campanas de Valdecantos, en https://idoubeda.wordpress.com/2015/06/23/las-campanas-de-valdecantos/
(12) ALFARO PEÑA, Eduardo (2020): Valdecantos: inauguración de la fuente, en https://idoubeda.wordpress.com/2020/05/16/valdecantos-inauguracion-de-la-fuente/
(13) En https://www.lospueblosdeshabitados.net/2013/06/valdecantos-soria.html, visto el 12/05/2026
(14) ALFARO PEÑA, Eduardo (2014): El San Juan Bautista de Valdecantos y un canto a la despoblación, en http://idoubeda.wordpress.com/2014/10/03/el-san-juan-bautista-de-Valdecantos-soria-y-un-canto-a-su-despoblacion/